Un cuaderno sin empezar es una aventura por vivir.
Guardo uno de tapas azules en el que empecé a guardar mis retales, mis trozos de alma en tinta sobre papel. Mi recuento de palabras.
Un simple cuaderno, en apariencia. Mi esencia, en realidad.
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Y mientras el valle se va apagando, la cima estalla en llamas y refulge como un último saludo al día que va acabando.
"¿Quién me ha robado el mes de abril? Lo guardaba en el cajón donde guardo el corazón" (Joaquín Sabina) A nosotros nos lo robó hace un año la Vida jugando a ser Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. La vida cambió en cuestión de minutos; se puso la máscara de la Parca y nos arrebató a mi ídolo, mi modelo. Mi primer amor. Mi padre tenía catarrillo, pero la madrugada del 11 abril ingresó en el hospital y vieron que tenía los pulmones encharcados y el corazón delicado. Estaba grave, pero cuando mi madre y yo entramos a verle en Urgencias Coronarias, estaba guapísimo, reluciente, como un sol. El que no brillaba fuera. Un día desapacible, húmedo, oscuro. Llovía. Diluviaba. Como en los funerales de las películas. Mi hermano esperaba fuera, me había cedido su puesto. Él lo vería por la tarde. No pudimos visitarle los 10 minutos de rigor, porque se lo llevaron a hacerle un cateterismo y sólo cruzamos un par de palabras y dos caricias y un beso. "Hasta luego, ahor...
Una vez, hace muchos, muchos años, vi la luna así de grande. Era un viernes, o tal vez un sábado y volvía a casa caminando después de una tarde con mis amigas. Entonces no había móviles, por lo que íbamos mirando hacia adelante, a los lados, a las personas con las que nos cruzábamos, de vez en cuando hacía el cielo, para observar las estrellas. Yo iba tarareando una melodía, andando casi a saltitos. Supongo que iba contenta, imagino que habría visto al chico que me gustaba, no lo recuerdo bien. Y de pronto, entre dos edificios, sobre la montaña del fondo, apareció la luna, tan grande, que parecía que se iba a precipitar sobre nosotros. Me quedé clavada en el sitio, se me cerraron los pulmones de la impresión y pensé que caería al suelo. El mundo se paró por unos instantes. Sólo existíamos ella y yo. Ella, una diosa, yo su esclava, rendida a su belleza y a lo ambiguo de mis sensaciones, a medio camino entre la admiración y el miedo. Enseguida conseguí volver a respirar, pero...
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