Un cuaderno sin empezar es una aventura por vivir.
Guardo uno de tapas azules en el que empecé a guardar mis retales, mis trozos de alma en tinta sobre papel. Mi recuento de palabras.
Un simple cuaderno, en apariencia. Mi esencia, en realidad.
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Y mientras el valle se va apagando, la cima estalla en llamas y refulge como un último saludo al día que va acabando.
Una vez, hace muchos, muchos años, vi la luna así de grande. Era un viernes, o tal vez un sábado y volvía a casa caminando después de una tarde con mis amigas. Entonces no había móviles, por lo que íbamos mirando hacia adelante, a los lados, a las personas con las que nos cruzábamos, de vez en cuando hacía el cielo, para observar las estrellas. Yo iba tarareando una melodía, andando casi a saltitos. Supongo que iba contenta, imagino que habría visto al chico que me gustaba, no lo recuerdo bien. Y de pronto, entre dos edificios, sobre la montaña del fondo, apareció la luna, tan grande, que parecía que se iba a precipitar sobre nosotros. Me quedé clavada en el sitio, se me cerraron los pulmones de la impresión y pensé que caería al suelo. El mundo se paró por unos instantes. Sólo existíamos ella y yo. Ella, una diosa, yo su esclava, rendida a su belleza y a lo ambiguo de mis sensaciones, a medio camino entre la admiración y el miedo. Enseguida conseguí volver a respirar, pero...
Cuando yo era niña, las iglesias siempre estaban abiertas, sin miedo al expolio o al vandalismo. Eran refugios ciertos y seguros, en los que encontrar un poco de paz y de silencio, un islote en la vorágine de la rutina en la ciudad. Para pensar, se necesita silencio, quietud, calma. Hay días, como hoy, en los que el cuerpo lo pide a gritos, pero en la ciudad es imposible encontrar un oasis en el que escurrirse y huir de las compras navideñas, los turistas, los coches y sus bocinazos, los paraguas, que el viento quiere arrastrar lejos de sus dueños. Por eso he recordado las iglesias de mi niñez, donde acudía a admirar el arte, la sonoridad, la forma en que la voz corría sin esfuerzo bajo aquellas bóvedas que miraba con la boca abierta y el cuello dolorido, de forzar la postura. La solemnidad de los templos invita a la reflexión. A mirar hacia dentro, buceando en los recuerdos y los sentimientos. Allí todo parece atemporal. Extramundano. Hoy habría querido pasar un buen rato ...
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